Oruro, 21/V/78

Una súbita luz resplandeció en su craneo dormido. Se sintió llamada por viejos deseos, amores y odios. Con languidez decidió dejarse atraer por el llamado. Aspiró el aire frío y límpido del altiplano. Recordíó sus marchas, aterida, en los atardeceres y los braseros que no llegaban a calentarla jamás en las noches. Se envolvió en su mantilla y salió a la calle polvorienta.

Pasando al costado de la cancha, olió con fruición les verduras cochabambinas. Sonrió satisfecha : esta temporada, la cosecha había sido buena, todo andaría bien. Continuó hasta el tambo donde ordenó a un natural que llamara a su regatona preferida.

 

Regresó a su casa, cerca de la iglesia matriz, donde toda la servidumbre se afanaba presurosa preparando el viaje de la señora a la Plata. En la sala estaba esperándola Domingo Pacheco, el mercader, para recordarle que por la tarde, en casa del escribano,  se encontrarían con Ignacio Perez de la Matta Patton, para cancelar la deuda que la viuda tenía con él. La viuda… No hacía mucha había muerto su marido, Carlos Ubaldi, alcalde de Oruro y corregidor de Tapacari. Apretó las manos furiosa, había muchos pleitos que enfrentar, cuentas por pagar y deudas que debía obligar que le pagaran. Como a este mercader que la miraba pensativo. Don Doming ! El tan poderoso y taimado había tenido que aceptar que la viuda era enérgica y que las deudas debía pagarlas, aunque don Carlos no viviera ya. Había quedado sola pero se haría valer.

Ah, tantos recuerdos la perturbaban. Se sentó en una silla cuzqueña. Pidió una manta. Qué tendrían las tejedoras peruanas que sus obras le comunicaban tanto calor ? Recordo que debía agrader a la Virgen de su capilla el regreso a la casa. Tanto la había protegido ! Tanto había por pedir a la Divina Señora.

Miró la mesa labrada, los tapices, los candelabros. Bendito asiento de minas ! Qué dura era la vida allí ! Qué duros sus hombres y qué llenos de odios y de ansias de poder ! Cada día llenaban el polvo de las calles, los aires de las las tabernas, iglesias y casas con sus mesquinos deseos. Amaban el dinero y el poder y por ambos se desvelaban buscando la forma de arrebatárselos a quienes lo tenían. Hipócritas ! Cuando su rebelión contra todo tipo de orden (porque amar tanto las riquezas y el poder es un desorden) era demasiado notorio llegaba el imperio del Virrey en forma de mandato sin más posible respuesta que la sumisión total.

Hipcritas ! Debian humillarse ante el poder central y ponerse la máscara de buenos súbditos. Ah ! Las cartas órdenes llegadas desde Lima hablaban del servicio a las dos Magestades, la terrena y la divina. Y no hablaban de la infernal, la codicia, que oprimía a los indianos que vivían en tierras de los Urus.

Ah, tantos recuerdos la hicieron estremecer. Quién ? Quién le hacía tantas preguntas ? Distante sólo de algunos metros pero tan insólitamente lejana ? Quién era esa joven con pensamientos tan extraños y un castellano nada familiar que leía su nombre en las escrituras notariales y que anotaba :

« hoy 17 de febrero de 1978 encontré los documentos de María Peralta de Arancibia, firmado en marzo de 1717 ».

 

 

 

Commentaires (1)

1. Cristina 02/12/2011

Bellísimo!! Nunca es tarde para descubrir la veta literaria que hay en tí. Festejo descubrimiento: vidas cotidianas rescatadas por la etnohistoria, un abrazo desde Buenos Aires

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