ERASMO Y EL FANATISMO

 

“Erasmo amó muchas cosas que para mí son preciosas: la poesía y la filosofía, los libros y las obras de arte, las lenguas y los pueblos y, sin hacer diferencia entre los hombres, la humanidad entera, que él se había dado por misión de elevar moralmente. En verdad odió sólo algo en la tierra, porque le parecía la negación de la razón: el fanatismo. El mismo era el menos fanático de los hombres. Su inteligencia no era de un poderío extraordinario, pero su ciencia era inmensa. No se puede decir que su corazón desbordaba de bondad, pero era leal y bondadoso. Erasmo veía en la intolerancia el mal hereditario de nuestra sociedad. Tenía la convicción que sería posible dar fin a los conflictos que dividen a los hombres y a los pueblos, sin violencia, gracias a concesiones mutuas, porque ello releva del dominio de lo humano. Estaba persuadido que casi todos las discrepancias podrían arreglarse por vía de la transacción, si los arengadores y los excitadores no vinieran constantemente a echar aceite sobre el fuego. Erasmo combatía el fanatismo bajo todas sus formas: religiosa, nacional o filosófica; lo consideraba como el destructor de todo acuerdo. Odiaba todas esas personas de frente tozuda, esos sectarios que vistan tanto la sotana del sacerdote que la toga del profesor, esas personas con vistas estrechas y esos celosos de todas las clases y de todas las razas, que reclamaban una sumisión absoluta a sus propias creencias y trataban con desprecio toda otra opinión que calificaban de herejía o de infamia.
Del mismo modo que no obligaba a nadie a adoptar sus ideas, se negaba con obstinación a unirse a ninguna confesión religiosa o política. La libertad de conciencia era para él una cosa natural y, a los ojos de este espíritu libre, cuando un hombre, sacerdote o profesor, desde su cátedra comenzaba a enseñar su verdad como si fuera un mensaje que Dios le hubiera comunicado a él solo a la oreja, él tenía esperanza en la divina diversidad del mundo. De toda la fuerza de su ardiente y combativa inteligencia, luchó su vida entera en todos los terrenos contra esos ergotistas, esos fanáticos de sus ilusiones.. "

Stefan Sweig, “Erasme. Grandeur et décadence d'une idée”, Le livre de poche, 2008, pp14-15. La tradución de Liliana Lewinski

 
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