FEMINISMO ROMANTICO

GEORGES SOLOVIEFF

RAHEL VARNHAGEN. UNE REVOLTEE FEMINISTE A L’EPOQUE ROMANTIQUE

 

L’Harmattan, Paris, 2000

 

 

PREFACIO

 

La historia de la civilización occidental conoció momentos privilegiados en su desarrollo, cuando las ciencias y las artes se conjugaron para alcanzar las cimas de la humanidad.

 

Así en el siglo de Pericles en Grecia antigua, en Roma durante Augusto, el Renacimiento en Florencia, Francia bajo Luis XIV, y por fin la Edad de Oro en Alemania entre 1750 y 1815, culminando con los Románticos de Iena y de Weimar, época revelada por Madame de Staël en De l’Allemagne (1814).

 

Conocemos los protagonistas: Goethe, Schiller, Mozart, Haydn, Kant, Fichte, Scheiermacher, Herder, los hermanos Schelegel, Tieck, Hölderlin, Novalis, Kleist, C. Brentano, C.D. Friedrich y tantos otros. Lo que ignoramos, al menos en Francia, es el aporte de sus compañeras a ese movimiento romántico.

 

Mujeres remarcables por su vida y su obra, en relación de cerca o de lejos con el Grupo de Coppet (de Madame de Staël), se llaman Therese Huber, Caroline Schelling, Dorothea Schelegal, Sophie Mereau, Helmina von Chézy y Rahel Varnhagen, conocidas desde entonces solamente por su nombre y no por su apellido.

 

Nacidas entre 1763 y 1771 (excepto Helmina, nacida en 1782), son contemporáneas de la Revolución francesa y de las guerras napoleónicas. Privadas de una educación formal, excluidas del mundo activo y profesional de los hombres, ellas sabrán colmar esas faltas con la inteligencia, la intuición y una receptividad excepcional, favorecidas también por las mutaciones sociales de la época.

 

Educadas para jugar un papel de mujer en una sociedad patriarcal pero impregnadas ya por la corriente sentimental de ese fin de siglo, no conocen todavía una identidad femenina autónoma.

 

Toda su vida deberán luchar con esta contradicción y subordinar sus sentimientos a las condiciones impuestas a su existencia. Así la mayoría terminara por caer por etapas, ejemplo de un comienzo de emancipación abortada, permitiéndonos arrojar una mirada detrás del velo que la historia del siglo XIX, escrita por los hombres, arrojó sobre la lucha entre los sexos.

 

Dos de entre ellas, viviendo en un medio universitario, conocieron una juventud privilegiada aunque restringida por la familia. Otras dos, de familias judías, se golpearon en sus aspiraciones a la independencia con las prohibiciones de su medio, además del triple hándicap de su origen, sexo e inteligencia. Su liberación relativa procede en parte con el progreso social de la mujer.

 

Así, gracias a los logros de la Revolución y de las guerras napoleónicas (entre ellos, el código civil) ellas devendrán conscientes de sus derechos y se sentirán las iguales del hombre. Habiendo abandonado la casa familiar y dejado su marido, deciden ellas mismas su suerte y serán también las primeras a ganar sus vidas.

 

Esta afirmación no yendo de si misma en una sociedad poco abierta a las mujeres independientes, tendrán que afrontar convenciones, oprobios y obstáculos de todo tipo. Gracias a su personalidad y fuerza de carácter, sabrán sobrepasarlas, pero al precio de durísimas luchas morales y existenciales.

 

Por un concurso de circunstancias, dos de entre ellas se encontraran integradas en el grupo “schlegelien” de Iena y vivirán entonces un momento exaltante de su vida. Llevadas por sus compañeros, ellas comparten sus pensamientos y contribuyen a los trabajos del grupo.

 

Este microcosmos social único en la historia moderna (1796-1801) presenta un fenómeno poco común de complementariedad entre los sexos. En efecto siendo mas maduras y algunas veces mas fuertes que sus partenaires ellas pueden ejercer su iniciativa tanto sobre el plan intelectual que social y afectivo. Por ello, su entorno masculino no economizan los elogios que les son dirigidos.

 

Por ello Goethe piensa que “las mujeres auténticas, ningún hombre debería amarlas, porque no somos dignos de ellas.” (Carta a Auguste von Stolberg, Weimar, 17-24 mayo 1778)

 

Humbolt releva las diferentes circunstancias de la superioridad de la mujer. Schleiermacher piensa que “ellas no deben vivir para obedecer o distraer pero para ser y devenir”. F. Schlegel, el apóstol del casamiento y del amor libres (ver Lucinde) afirma que en ese nuevo mundo el amor de la mujer y el genio del hombre deben fundirse en una unión natural.

 

En cuanto a Madame de Staël, ella encuentra a las mujeres alemanas “remarcablemente cultivadas” y nota su “gran instrucción”.

 

Sin embargo el periodo eufórico de Iena se terminara con la muerte de la hija de Carolina (1800), luego la de Novalis (1801). Ella y Dorothea seguirán al hombre de su elección en su siguiente carrera, el amor habiendo triunfado para a ellas de toda aspiración personal. Sostendrán moralmente (y también materialmente, en el caso de Dorothea) y los segundaran en sus trabajos, no sin continuar algunas veces ellas mismas una cierta actividad literaria. Dorothea, asi, traducirá Delphine y Corinne de Madame de Staël, que serán publicados con el nombre de su marido.

 

Por otro lado, los salones judíos de Berlín y de Viena ejercieron también una influencia considerable en la liberación de la mujer y de los espiritus en general. Mas tarde, bajo la Restauración que confina nuevamente la mujer en el hogar, los salones de Rahel Varnhagen y de Bettina von Armin propagaran las ideas liberales. Sin embargo, la emancipación femenina conocerá un retraso hasta 1848.

 

Durante la Restauración y, a pesar de la reacción político-social, las otras tres mujeres continuarían una carrera profesional (Therese como jefe redactora y novelista, Sophie como editora, novelista y poeta, Helmina como prolífica autora y poeta).

 

Gracias a la acción de Rahel y su salón, sostenida en esto por H. Heinre, el saint-simonismo, favorable a la mujer, penetrara en Alemania. Ella jugara también un papel importante en los protagonistas de Vormärz.

 

A pesar de las barreras sociales, de las maternidades a menudo numerosas, pero arrastradas por la juventud, el talento y la ambición, lograran, no sin mal por cierto, imponerse por un tiempo a la sociedad y, por su obra creadora conocerán, si no es la gloria, al menos una cierta reputación.

 

En las heroínas de sus novelas ellas denuncian su avasallamiento y proyectan sus aspiraciones. Preocupadas por las condiciones sociales, políticas y morales de su tiempo, toman el partido de los oprimidos y denuncian la injusticia. Sus correspondencias reflejan la atmosfera de la época vista a través del prisma femenino y sus biografías se fundan por lo esencial en sus cartas y diarios íntimos.  Mas abiertas que los hombres a todas las cuestiones de la vida afectiva, testimonian de su facultad natural de evocar la piedad y la compasión. Pertenecen a esta categoría de mujeres de la época romántica que, después de siglos de confinamiento social , por su ejemplo, ilustran, aun sin ninguna obra personal (como es el caso de Caroline) una progresión, una conquista (parcial) para una existencia independiente en un mundo masculino.

 

Como lo nota J.E. Spenlé “ellas son quizá las primeras que hayan sabido abordar, por una critica personal, los grandes problemas del sentimiento y del pensamiento, que hayan juzgado los hombres y las cosas, los hechos y las instituciones, no desde un punto de vista masculino pero con preocupaciones femeninas”.

 

Solidarias en su destino, a pesar de sus diferencias, estas mujeres constituyen los primeros eslabones de un largo y penoso camino que las une a sus hermanas de hoy.

 

Según la teoría de Elaine Showalter, su evolución pasa por tres faces: una larga faz “femenina” en la cual se someten a la tradición dominante y a la “interiorización” de la norma social; la faz “feminista” en la cual se oponen al conformismo y reivindican los derechos y los valores minoritarios, comprendido su autonomía; por ultimo la faz “mujer” en la cual buscan su identidad y tienden a liberarse de la dependencia de la oposición.

 

Este grupo de mujeres (y sus hombres) forman una elite, un microcosmos. Están unidas entre ellas por una comunidad de pensamiento, de exigencias sociales, morales y humanas. Por otra parte, la presencia de Francia y de las relaciones de su país con la Revolución, Napoleón y la Restauración tiñe todo un aspecto de sus existencias. En efecto, el viento de la liberta que soplaba sobre Alemania luego de la Revolución francesa las tocó más que en Francia, donde los regímenes autoritarios hicieron todo por reprimirla, como fue el caso de Madame Roland, Olympe de Gouges y Madame Staël.

 

Redescubiertas y reevaluadas desde hace poco en Alemania, pero todavía desconocidas en Francia, merecen cada una de ellas una monografía y son dignas de la atención del lector francés, interesado a la vez por la historia de la mujer en el siglo XIX y por las relaciones franco-alemanas en una época agitada y apasionante como lo fue igualmente la existencia misma de estas mujeres.

 

 

 

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