Violencias y modos de racionalizacion

Violencias y modos de racionalización

Autor: Pierre-André Taguieff

 

Lo que habitualmente se llama de un modo general el “antisemitismo” - de modo impropio – o la “judeofobia” podría definirse simplemente, desde el punto de vista de las víctimas, como el conjunto de las violencias sufridas por los judíos en la Historia. Pero la existencia de victimas judías implica la de sus agresores o de sus “verdugos” cuyas motivaciones y los actos pueden ser calificados, impropiamente de “antisemitas” – porque no son “los semitas” que son violentados por los “antisemitas” sino “los judíos”.

 

Los actores “antisemitas” se caracterizan por lo que ellos creen, lo que perciben y lo que hacen. Su “antisemitismo” es identificable a varios niveles: de los prejuicios y de los estereotipos, de las prácticas o de las conductas (individuales o colectivas), de los funcionamientos institucionales, de los modos de pensamiento, de las ideologías o de las visiones del mundo. Por ello es necesario incluir la extensión del término “antisemitismo o más exactamente “judeofobia”, las actitudes, opiniones y creencias) y los comportamientos de los diversos responsables de los actos de violencia apuntando específicamente al pueblo judío conceptores, directores, organizadores, ejecutores. Sin olvidar los testigos, que pueden convertirse en cómplices de los actores antijudíos por simpatía o indiferencia.

 

Esas violencias son polimorfas y su intensidad variable: van de las amenazas y de las injurias a los ataques asesinos, pasando por diversos modos de exclusión social. Mezclan así la agresión física, la segregación, el tratamiento discriminatorio y la estigmatización, es decir la exclusión simbólica, entre la injuria y la amenaza. En las múltiples formas de puesta al margen apuntando a los judíos, la violencia física, la coerción social y la violencia simbólica entran en composición según proporciones variables. Se puede así ordenar las diferentes maneras de hacer violencia a los judíos según su radicalización creciente: estigmatización permanente, conversión (o asimilación) forzada, discriminación (desigualdad de trato), segregación (puesta al margen, separación obligada), expulsión en masa, agresión física (pogrom, acto terrorista), exterminación en masa (judeocidio nazi o Shoah).

 

Las amenazas y las injurias, fundadas en prejuicios y estereotipo (los judíos son “codiciosos”, “rapaces”, dotados de un “espíritu de clan”, de un “espíritu subversivo” o “disolvente”, etc), los temas de acusación y los rumores malévolos, acompañan cada uno de esos momentos de violencia antijudía. Es así también en el caso de las teorizaciones de esas violencias, los grandes relatos antijudíos: estos últimos, largo tiempo estructurados por las representaciones de orden teológico (los judíos “deicidas”, asesinos rituales, profanadores), han tomado en el periodo moderno la forma de construcciones ideológicas o de visiones del mundo centradas en un cierto número de acusaciones (parasitismo social, cosmopolitismo, conspiración por la dominación del mundo).

 

La doble función de estos grandes relatos es la de legitimar las violencias antijudías por diferentes formas de racionalización (teológica, política, “científica') movilizando al mismo tiempo las masas contra los judíos, alimentando o estimulando su odio o su temor hacia ese pueblo juzgado a la vez “extranjero” por naturaleza (inconvertible, “inasimilable”) e intrínsecamente hostil y corruptor (“hijo del Diablo”, “animal de presa”, “fermento de la descomposición”).

 

Encontramos así interpretada de un modo variable, según los contextos sociohistoricos, una de las mas antiguas acusaciones apuntando a los judíos, presente en el mundo antiguo: la acusación de “odio del genero humano”.. Interpretada en la Antigüedad como la expresión de un exclusivismo o de un separatismo deplorables, después de una 'xenofobia” o de un etnocentrismo propio al pueblo judío (“se ayudan entre ellos”, “nos desprecian y nos odian”), acompañados de una voluntad de “dominación” (“el imperialismo judío”), “el odio del género humano” sera puesta al gusto del día por la propaganda “antisionista” del último tercio del siglo XX, cuando “el sionismo” sera condenado como “una forma de racismo y de discriminación racial”, según la formula de la Resolución 3370 adoptada el 10 de noviembre de 1975 por la Asamblea general de la ONU (Lewis, 1985, p. 219-233), que será abrogada sin embargo el 16 de diciembre de 1991 (Taguieff, 2010, p. 157-157). Es en el nombre del antirracismo que se opera desde entonces la diabolización de los judíos en tanto que “sionistas”. El estereotipo del “judío racista” se agregó al stock de los estereotipos antijudíos disponibles.

 

En la historia de las ideologías antijudías en Europa, las racionalizaciones teologico-religiosas han sido dominantes desde el siglo IV de la era común hasta el “siglo de las Luces”, cuando las racionalizaciones naturalistas, diciéndose provenientes del saber científico, comenzaron a jugar un papel importante el cual, en el transcurso del siglo XX positivista y cientista, sera todavía mayor. Pero el “siglo del Progreso” fue también el de la emancipación de los judíos, en un contexto en el cual triunfaba el principio nacionalista, implicando la imposición de la norma de homogeneidad, y por lo tanto la erradicación de los “particularismos”. Lo que situó a los judíos ante una alternativa trágica: cesar de ser judíos fundiéndose sin reserva en la nación que lo acoge (lógica de la asimilación total o de la “desparticularizacion” radical) o irse del territorio nacional (emigración forzada) – salvo si acepta la discriminación y la exclusión social.

 

Por otro lado, porque se afirmaba, paralelamente a la instalación de las normas nacionalistas, el principio racista que transformaba al pueblo judío en una “raza” inasimilable y peligrosa, los judíos fueron encerrados en un doble bind: no podían satisfacer, al mismo tiempo, la exigencia nacionalista de asimilación y la exigencia racista de separación/expulsión, responder a los imperativos contradictorios de asimilación y de emigración. Frente a la “cuestión judía” así propuesta, un cierto número de judíos de Europa creyeron encontrar en el nacionalismo judío, el sionismo, una “solución”, que le spermitía escapar a la alternativa de la asimilación y de la expulsión. Pero, por una trágica paradoja, cuando el proyecto sionista toma cuerpo y que el Estado de Israel es creado, la mayoría de las viejas acusaciones antijudías reaparecen bajo nuevas formas.

 

En el corazón del gran relato “antisionista” reencontramos una representación polémica ordinariamente designada por el oximoro “sionismo mundial”. Se reprochaba contradictoriamente a los judíos de ser demasiado “comunitarios” y demasiado “nómades”, demasiado “separados” y demasiado “cosmopolitas” y “mezclados”. Y, simultáneamente de ser demasiado secretos y demasiado visibles (hasta ostentatorios). El discurso “antisionista” reunió los reproches contradictorios estigmatizando el “sionismo mundial”: a los judíos que son llamados o se dicen “sionistas” se les reprocha ser nacionalistas y “mundializados” (antes se los llamaba “internacionalistas” o “cosmopolitas”), lo que alimentó la acusación de “doble fidelidad” apuntando a los judíos de la Diáspora.

 

En esta visión de estilo paranoico, Israel es percibido como la faz visible del iceberg. En la propaganda “antisionista”, el “sionismo” es de este modo fanstasmeado como una potencia mundial tanto más temible que seria oculta, nueva encarnación del “peligro judío”

 

 

Extraído del articulo “Antisemitismo” del  Dictionnaire Historique et Critique du Racisme, bajo la dirección de Pierre-André Taguieff, Quadrige, 2013

Publicado en el sitio web Marianne2.fr

 

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Date de dernière mise à jour : 24/10/2014